(OroyFinanzas.com) – Si bien a largo plazo el oro no ha sido nunca -por su volatilidad- una gran inversión, en épocas de incertidumbre, inflacionarias y de destrucción de la moneda es la mejor inversión posible a corto. Por corto no ha de entenderse comprar hoy y vender pasado mañana, sino apalancarse en el activo durante dos o tres años.

Para saber esto no hace falta saber álgebra, ni estadística, ni combinatoria, sólo es necesario conocer bien la historia económica contemporánea, que en economía es mucho más útil que cualquier ciencia exacta. Saber algo de historia permite, por ejemplo, saber cuando el oro dejó de respaldar a la moneda y comenzó su ascenso.

El Nixon Shock

En 1971 Richard Nixon desvinculó la paridad dólar-oro que había adoptado Estados Unidos en los acuerdos de Bretton Woods. Lo hizo porque la guerra de Vietnam estaba dejando las arcas exhaustas. Los años 60, que se tienen por felices, fueron un desastre en materia económica. La masa monetaria creció imparablemente hasta el extremo que, en 1970, la Casa Blanca llegó a encargar una masiva impresión de dólares para pagar los gastos de la política exterior norteamericana.

Hasta el cierre de la llamada “ventanilla del oro”, un mecanismo mediante el cual los bancos de todo el mundo podían demandar el metal a cambio de sus dólares, el precio era fijo: 35 dólares por onza troy, es decir, por 31,1 gramos de oro puro, esto es, no maleado con otros metales como solían hacer los reyes de la España Imperial. Esos 35 dólares por onza eran el respaldo, dólar mediante, de todas las monedas del mundo.

Esta absurda decisión de la Casa Blanca, conocida como el Nixon Shock, que motivó, entre otras calamidades, la crisis del petróleo, puso la onza de oro por las nubes en cuestión de meses. De 35 dólares pasó a 70 y de ahí a 200 dólares en apenas seis años. La subida del precio del oro fue pareja a la del gasto, la deuda soberana y la inflación, que siempre e inevitablemente debilitan una moneda fiduciaria como es el dólar desde 1971. Es decir, ingredientes idénticos a los que tenemos ahora.

Si vamos más atrás en el tiempo, la onza de oro se mantuvo estable durante todo el siglo XIX a excepción de las guerras napoleónicas, momento de gasto y deuda, pero no de inflación monetaria, para luego volver a estabilizarse en torno a los 18 dólares la onza. En el siglo XX se apreció con motivo de la Primera Guerra Mundial y de los estímulos que sucedieron al crack bursátil del 29.

Bretton Woods reubicó el oro a una nueva tasa de cambio que, debido a la expansión monetaria de los Estados Unidos durante los años 60, no pudo sostenerse más. Desde entonces el oro flota libremente y muestra incluso mejor que antes su verdadero valor respecto al dólar.

Alzas y bajas

Así, tras el pico de 1980, durante el cual la onza se disparó hasta sobrepasar los 800 dólares (unos 2.500 actuales ajustando la inflación), el oro fue depreciándose paulatinamente hasta los 250 dólares del año 2001. El que invirtiese en oro en 1971 y liquidase en 1980 obtuvo una rentabilidad del 2.400%. En cambio, el que comprase en el pico del 80 y liquidase 10 años después hubiese hecho una de las peores inversiones de su vida.

Así, en las últimas cuatro décadas, los 70 y la que acabamos de terminar han sido alcistas, y los 80 y 90 bajistas. Lo que nos enseña la historia es que, siempre que hay inflación, es decir, siempre que aumenta la masa monetaria -sin importar que ese aumento no vaya, en principio, seguido de subidas de precios- se aprecia el oro. Esto es así porque el mercado, que dispone de mucha más información que los Gobiernos, percibe con agudeza los cambios en el valor de los activos.

En estos momentos la inflación está disparada, no así el IPC, que no es más que un índice muy selectivo que elaboran los Gobiernos y que, por lo general, manipulan a placer. Aunque los precios no hayan subido aún, la disponibilidad de dinero fiduciario se ha multiplicado. Sólo en estímulos, los Gobiernos del mundo han inyectado 13 billones de dólares fiduciarios que, por decirlo suavemente, son papel pintado.

El mercado descuenta que ese dinero ha salido de la imprenta y se refugia en materias primas y en la reserva de valor por excelencia, el oro, que, por su naturaleza, es el mejor dinero posible. Es decir, lo mismo que sucedió en los años 70 cuando la inflación se desató en todo el mundo, aunque, esa vez, sí que tuvo su reflejo en el IPC. Y esto no sólo lo saben los inversores privados. Los bancos centrales están comprando oro, no vendiéndolo tal y como venían haciéndolo hasta hace no mucho.

Entonces, ¿seguirá subiendo el precio del oro? Con toda seguridad . Cuanto menos vale el crédito del Estado, más el oro y las materias primas. Y no es cuestión de escasez, -hoy de hecho hay más oro disponible que hace 10 años, cuando estaba a 250 dólares- sino de confianza en la palabra de los Gobiernos y en su fiabilidad como emisores de moneda fiduciaria.

Así que todo indica que el oro seguirá subiendo este año y lo más probable es que lo siga haciendo durante el resto de la década o, al menos, hasta que la moneda recupere su credibilidad y para eso aún falta mucho.

Fernando Díaz Villanueva

Fuente: Libertad Digital

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