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El desorden cambiario internacional

(OroyFinanzas.com) – El cercano naufragio de la economía mundial, a raíz de la gran crisis del 2009, ha puesto a los países en la alerta de ‘sálvese quien pueda’. Cada uno quiere exportar más e importar menos para estimular su producción y empleo domésticos, lo cual implica equilibrio de las balanzas comerciales, en un mundo de desequilibrio extremo entre los mayores jugadores del mercado: China y EE. UU.

Es aquí donde se está dando el choque de trenes: EE. UU. es el país que ha podido financiar (imprimiendo dólares) su abultado déficit por años, haciendo felices a los americanos -que han vivido por encima de sus ya abundantes medios- y a China, Alemania y otros países, que generan empleo y ahorros con sus exportaciones a la economía más grande del mundo.

El problema es que ya EE. UU. no está dispuesto a seguir haciéndolo. Ante el riesgo de la doble sumergida recesiva y agotada la munición monetaria y fiscal, para salir definitivamente de la crisis busca recuperar su cuota del mercado internacional, hoy en poder de sus socios principales. Es decir: quiere reducir su déficit comercial y redirigir su poder de compra a su mercado interno. ¿Cómo lograrlo?

Intentó primero el camino de la persuasión y de la presión internacional sobre China para que usara su discrecionalidad cambiaria y apreciara el renminbi. De hecho, China ya lo ha revaluado un 25% en los últimos años, pero no es suficiente, pues el déficit persiste, si bien un tanto disminuido por la recesión global. De todos modos, su tamaño es aún importante para EE. UU., que sueña con reemplazar al menos parte de esas importaciones con producción y empleo domésticos.

¿Cuánto más es necesario que se revalúe la moneda china para que se realice el sueño americano? Según el Peterson Institute for International Economics, otro 25%. De acuerdo con este prominente think tank, en Washington, que asesora al Congreso de EE. UU., ello reduciría los desbalances y crearía unos 500.000 empleos en los próximos dos o tres años.

Estos puestos de trabajo y un nuevo aire para la economía americana, quizás a costa de empleos chinos, se tornarían cruciales para la reelección de Obama en el 2012. El problema es que China ha dejado claro que no está dispuesta a tomar esa decisión, con lo cual el instrumento de la persuasión se ha agotado.

No sorprende entonces la andanada de artillería pesada que ha desplegado el gobierno de Obama con dos tipos de medidas económicas: actualmente hace curso en el Congreso la imposición de un arancel a las importaciones chinas, sobre la base de que ese país es oficialmente un “manipulador cambiario”. La otra medida es más compleja y de alguna manera más sutil.

La reciente re-expansión monetaria (llamada QE2), y otras que pueden venir, obligará a las autoridades chinas a intervenir (comprar dólares) para sostener su tasa de cambio, lo que presionará la inflación y por esa vía una revaluación real del yuan. Esta medida, instrumentada como sistema de estímulo interno, también podrá depreciar el dólar frente a las otras monedas del mundo (incluido el peso colombiano), lo cual, sin duda, también contribuirá al desmonte gradual del déficit externo de EE. UU.

Adicionalmente, el secretario Geithner ha apelado a una nueva persuasión más global, solicitándole a sus socios comerciales que se cuiden de generar superávit con EE. UU., lo cual ha molestado a todos, especialmente a Alemania, que ha sido un exportador superavitario de toda la vida. Un pulso entre grandes, con un claro mensaje: por la razón o por la fuerza del mercado, hay que reducir el déficit externo norteamericano.

Paradójico que -si le salen bien las cuentas a la dupla Geithner-Bernanke- el temido por años aterrizaje del déficit chino- americano no sería traumático, sino que serviría para reanimar la economía de EE. UU. y para inducir a China a gastar más en su gente y crecer en el mercado interno y no en el del resto del mundo.

En una perspectiva de largo plazo, el problema de fondo radica en que no existe realmente un buen ‘sistema monetario internacional’. Históricamente, el último que funcionó bien fue el patrón oro, cuya época dorada, aproximadamente de 1870 a 1914, fue una etapa de cooperación internacional entre bancos centrales, liderados por el Banco de Inglaterra; ningún país tenía el privilegio de emitir la moneda internacional, se respetaban las llamadas ‘reglas del juego’ y se lograba la estabilidad cambiaria, manto bajo el cual florecieron el comercio y los flujos de capital internacionales. Lamentablemente, ya no es viable en el mundo de hoy.

Siguiendo la cronología, abandonado el patrón oro, el periodo entre las guerras mundiales fue un tanto anárquico. En esos años, convivían regímenes cambiarios diversos con predominio de tasas de cambio flexibles. La Gran Depresión llevó a la lucha de los países por exportar su desempleo mediante manipulación de las tasas de cambio para estimular las ventas externas.

El resultado, un desorden cambiario con mutuas acusaciones de devaluaciones ‘depredadoras del vecino’, proteccionismo y poca cooperación entre bancos centrales. Cualquier parecido a la situación actual no es coincidencia, sino la ausencia de un sistema monetario ordenado y estable.

Un nuevo sistema monetario con el dólar como ‘moneda internacional’ fue inaugurado en la conferencia de Bretton Woods, en 1944, poco antes de finalizar la II Guerra Mundial, con tasas de cambio fijas, entre otras razones, para evitar las mutuas acusaciones de políticas ‘depredadoras del vecino’, semejantes a las que vemos hoy entre países grandes y pequeños por igual. Para limitar eventuales excesos monetarios de la FED, los acuerdos de Bretton Woods previeron un mecanismo importante, el de la convertibilidad oficial del dólar por oro. En lenguaje llano, el dólar estaba respaldado por oro, cuya disponibilidad ponía el límite de la expansión monetaria.

Los excesos monetarios, sin embargo, se dieron; la consecuente inflación mundial, y la sospecha del mercado que no había suficiente oro para respaldar el dólar, fueron decisivos para hacer inviable el sistema de Bretton Woods, que colapsó en los primeros años de la década de los 70 (formalmente en agosto del 1971), cuando el presidente Nixon suprimió el mecanismo de convertibilidad.

Desde entonces y hasta hoy ha predominado un sistema de tasas de cambio flexibles que conserva al dólar como la moneda predominante de reserva mundial, pero sin mecanismos sistémicos que limiten su expansión. Algunos lo denominan un ‘no sistema’, en el cual el país emisor de la moneda mundial puede, según sus necesidades nacionales, financiar su déficit con emisión y también reducirlo, como intenta hacer ahora, no sin justificación.

A su vez, este sistema también limita al país emisor, que no puede desplegar sus instrumentos monetarios para estimular su economía doméstica, sin afectar el resto de las naciones y ser acusado de abusos monetarios y cambiarios.

¿Será posible diseñar un sistema monetario internacional parecido al del patrón oro, pero sin sus limitaciones? Quizás haya llegado el momento de hacerlo, dado el ambiente de reforma poscrisis y la evidencia de que el ‘no sistema’ no es adecuado para la economía de hoy.

Para lograrlo sería necesario un consenso político semejante al de Bretton Woods, que no fue tanto un consenso, sino más bien una especie de ‘pax americana’ que se extiende hasta el presente, pero ya hoy con contendores formidables como la Unión Europea y China, que no lo eran en 1944. En especial, no será fácil albergar en un solo sistema a los dos países más grandes del mundo, que quieren jugar el mismo partido, pero cada uno con reglas distintas.

Por ahora, Obama, como Roosevelt, en los 40, y Nixon, en los 70, le deja claro al mundo dónde se toman todavía las decisiones de la economía mundial.

Luis García Echeverría, profesor de Economía de la Universidad Javeriana

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