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La salvación del euro – otra vez

(OroyFinanzas.com) – Como sabemos, hace ya meses que los acreedores internacionales recelan de la arquitectura institucional y del propio funcionamiento de la moneda única. Es evidente ya para todos que el marco institucional dado para el euro en 1999 o bien fue incompleto, o bien muy rígido o, peor, ambas cosas a la vez.

Y ello se manifiesta cada cierto tiempo en la necesidad de convocar una nueva “cumbre Europea” para salvar la situación crítica del euro de su propia desaparición. Esta semana, la enésima cumbre entre las cumbres. ¿Pero cómo no van a reflejar los mercados de deuda una situación de tensión, agonía y parálisis institucional con la que convivimos desde hace meses?

Cierto es que ocurre con los países más vulnerables, pero el encarecimiento de la subida de los costes de la financiación, primero de Grecia, Portugal e Irlanda, y ahora de España e Italia no debería ser interpretado únicamente como un “castigo” de los mercados dirigido a esos países sino como la constatación de la falta de operatividad y credibilidad general en el buen funcionamiento del proyecto del euro.

Hasta que no se entienda que esta crisis de la deuda soberana en Europa es el reflejo del nacimiento de una moneda coja [1] no estaremos en condiciones de superarla.

Ante la escalada continua del tipo de interés que han de pagar por financiarse a largo plazo dos grandes países de la eurozona como España e Italia, con dos economías no rescatables, se ha acelerado la celebración de una nueva cumbre para discutir una solución que pase por:

(1) o bien permitir que la llamada “unión bancaria Europea” permita la asignación de fondos directos a la banca con falta de capital, lo que no se computaría como deuda pública;

(2) o bien permitir al BCE que actúe como lo han hecho los bancos nacionales tradicionalmente y pueda comprar masivamente (aún más) deuda pública de los Estados en apuros financieros. No se extrañen, para esto surgieron precisamente los bancos centrales: el Estado dió el monopolio legal de emisión de la moneda a un banco y a cambio recibía financiación privilegiada. Y, claro está, como banco suministrador de la reserva de liquidez de la economía, actúa además como banco prestamista del resto del sistema bancario. Nada nuevo desde hace ya siglos.

El acuerdo por cualquiera de estas soluciones sí que contribuiría a dotar de alguna mayor coherencia al entramado institucional del euro. Me guste o no, ello implicaría el reconocimiento final de que la adopción de una moneda nacional única lleva a la postre a una mayor integración fiscal y política.

Y la moneda europea no es una excepción. Eso sí, ambas soluciones no saldrían gratis: la UE es un club que es de países que comparten políticas comunes en el que es más que evidente la reciente reticencia de los países acreedores netos del club (Alemania entre ellos claro) a soportar los costes de estas acciones concertadas. Por ello, ya nos han advertido que habrá condiciones para los países asistidos para asegurar el buen manejo y la devolución de los fondos prestados.

Juan Castañeda [2]

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