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La política monetaria y económica en los años ochenta

(OroyFinanzas.com) – La semana pasada expusimos en qué consistía la Curva de Phillips, su aplicación en la Política Económica y las consecuencias que ésta acarreó. En este artículo, haremos una descripción somera de cuál fue la situación que condujo a la muerte de dicha Curva y, de paso, cómo fue la política monetaria bajo un sistema de reglas en los años ochenta del siglo pasado.

Javier Santacruz Cano

1. Inflación disparada y control de los precios

Los años setenta fueron una época de precios disparados y una grave y profunda recesión. Este fenómeno que ya describimos como estanflación, echó por tierra la teoría keynesiana de freno-estímulo que formaban la política fiscal y la política monetaria. Una consecuencia de la inflación (que no una causa) fue la subida espectacular de las cotizaciones mundiales de las materias primas, especialmente el petróleo; de ahí que la crisis de los años setenta haya pasado a la Historia como crisis del Petróleo.

Este escenario se convirtió en un círculo vicioso gracias a las subidas de salarios que se produjeron de forma instantánea dado el aumento del nivel general de precios. Unos salarios indexados a la inflación permiten que con tasas de inflación superiores al 25% anual los salarios tengan que subir, al menos, un 25%, encareciendo los costes laborales de los empresarios y, por tanto, aumentando los precios de sus productos para cubrir los nuevos costes.

Estos fenómenos de espiral vertiginosa sólo se les pueden poner fin si se atajan sus causas. La causa primera no es otra que la política monetaria y, en especial, el manejo del dinero por parte de la Reserva Federal de los Estados Unidos (la Fed)

2. Estabilización de los precios: Reglas vs. Discreción

Dos hechos supusieron un cambio radical en la concepción de la política económica de entonces y su influencia sobre la monetaria. Por un lado, en 1979 ganó las elecciones en el Reino Unido la candidata del Partido Conservador, Lady Margareth Thatcher y, por otro lado, en 1981 hacía lo mismo el candidato del Partido Republicano de los EE.UU, Ronald Reagan, con un lema muy claro: el dinero donde mejor está es en el bolsillo del contribuyente.

Bajo esta filosofía, tanto Thatcher, primero como Reagan después, acometieron una política de estabilización macroeconómica y liberalización de los mercados basada en bajadas generalizadas de los impuestos, privatización del sector público empresarial, eliminación de barreras al comercio, supresión de burocracia y administración, potenciación de la defensa militar frente al exterior, eliminación del poder de los sindicatos en las negociaciones salariales ó el establecimiento de tasas y precios públicos en vez de impuestos directos.

Sin embargo, el objetivo prioritario era el control de la inflación. En este sentido, la Fed instrumentó una agresiva política monetaria encaminada a reducir de forma rápida y drástica la inflación. Para lograr este objetivo, la Fed acometió subidas continuadas de los tipos de interés de referencia, llegándolos a situar en el entorno del 20% y endureció las condiciones de las operaciones de mercado abierto.

Estas medidas se tradujeron en un sacrificio momentáneo y, por tanto, una gran recompensa en el futuro más inmediato. Entre 1981 y 1983 el control de la inflación causó una no muy profunda recesión, la cual dio paso a una de las épocas de mayor crecimiento y estabilidad de la economía norteamericana. La tasa de inflación pasó de un 10,3% en 1981 a un 3.2% en 1983.

Esta relación sacrificio presente-recompensa futura quedó reflejada en un trabajo que el economista Robert Barro elaboró para el Banco de Inglaterra en 1995, en el cual estimaba para un conjunto de 100 países y para el período 1960-1990 que una reducción de diez puntos porcentuales de la tasa de inflación causaba un incremento de la tasa de crecimiento de la economía en términos reales y per cápita entre 0.2 y 0.3 puntos porcentuales anuales y un crecimiento de la inversión en términos de PIB de entre 0.4 y 0.6 puntos porcentuales. Estos beneficios a corto plazo se traducen en beneficios a largo plazo de entre cuatro y siete puntos porcentuales de crecimiento de la economía, lo cual es razón más que suficiente para actuar.

Sin embargo, este estudio de Barro se centra no sólo en los beneficios macroeconómicos que genera el control de la inflación, sino también en las causas y la forma de llegar a ellos. Para conseguir estos objetivos, Barro enfatiza dos cuestiones, las cuales serán el tema del próximo artículo: los Bancos Centrales deben ser independientes y la política monetaria debe regirse mediante reglas (Reglas vs. Discreción).

Javier Santacruz Cano

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